Un momento...
Un momento...

Hay libros que llegan en el momento preciso. Ahora mismo estoy releyendo La revolución de una brizna de paja, de Masanobu Fukuoka, y no puedo evitar pensar en él cada mañana cuando recorro las viñas de Alpartir. Mientras las uvas empiezan el envero y la vendimia asoma ya en el horizonte, sus palabras me recuerdan algo que con demasiada frecuencia olvidamos: la agricultura no consiste en dominar la naturaleza, sino en aprender a formar parte de ella. Quizá por eso este libro me está conmoviendo tanto. No habla solo de cultivar, habla de una forma de mirar el mundo.

El envero es uno de esos momentos que nunca dejan de emocionarme. Después de meses viendo crecer la viña, de observar cómo cada brote busca la luz y cómo los racimos se forman poco a poco, llega el instante en el que la planta cambia de objetivo. Las bayas dejan de crecer y comienzan a madurar. La garnacha empieza a teñirse de tonos rosados y violáceos, la macabeo abandona el verde intenso y, casi sin darnos cuenta, el viñedo entero entra en una nueva etapa. Es un cambio silencioso, pero para quien vive de la viña supone el comienzo de una cuenta atrás llena de ilusión y de incertidumbre. La meteorología todavía puede cambiarlo todo y, precisamente por eso, cada paseo entre las cepas se vuelve más atento y más lento.

En nuestras viñas de las Sierras del Jalón, el envero avanza con bastante homogeneidad en las parcelas bajas y medias de garnacha, mientras que las viñas situadas entre los 900 y los 1.000 metros mantienen todavía una parte importante de los racimos verdes. La macabeo también ha iniciado claramente este proceso, aunque visualmente resulte mucho más discreto. Todo apunta a una vendimia unos días adelantada respecto a un año medio, consecuencia de un julio especialmente cálido y seco, aunque todavía lejos de la precocidad de campañas como la de 2022.

Mientras observo este momento del viñedo, no puedo dejar de pensar en otra idea que atraviesa todo el libro de Fukuoka: cada intervención del ser humano sobre la naturaleza tiene consecuencias, muchas veces invisibles, y el verdadero conocimiento consiste en distinguir cuándo debemos actuar y cuándo debemos limitarnos a observar. Durante décadas hemos confundido progreso con control. Hemos querido ordenar, limpiar, producir más y más rápido, convencidos de que la naturaleza necesitaba permanentemente ser corregida. Sin embargo, cuanto más tiempo paso en el campo, más claro tengo que el agricultor no está para imponer un equilibrio, sino para conservar uno que ya existía antes que nosotros.

Este verano vuelven a repetirse imágenes de incendios devastadores en Gredos, en Cinco Villas, en el Maestrazgo y en tantos otros lugares de nuestra geografía. Es lógico hablar del cambio climático porque sería absurdo negar su influencia, pero creo que a menudo utilizamos esa explicación para evitar otra conversación mucho más incómoda. El fuego no empieza únicamente cuando alguien prende una chispa o cuando sopla el viento. Empieza muchos años antes, cuando desaparecen los agricultores, cuando dejan de pastar los rebaños, cuando las terrazas se abandonan y los pueblos pierden a quienes daban sentido al paisaje. Sin gestión, el monte deja de ser un ecosistema habitado para convertirse en una inmensa continuidad de combustible esperando el día equivocado.

Quizá por eso quienes hemos decidido volver al campo tenemos una responsabilidad que va mucho más allá de elaborar vino. Cuando dejamos una vida cómoda para recuperar viejas viñas de montaña en Alpartir, no buscábamos construir un relato romántico. Lo hicimos porque creíamos que aquellas cepas seguían teniendo algo que decir y porque intuíamos que el futuro del mundo rural no dependía únicamente de subvenciones, posts en redes sociales o discursos, sino de personas dispuestas a devolver actividad, conocimiento y dignidad a un territorio. Con el tiempo he entendido que una viña bien cultivada es mucho más que una explotación agrícola: es biodiversidad, es paisaje, es cultura y también es un cortafuegos. Ya me decía María José López de Heredia que un proyecto vitícola era mucho más que el vino resultante.

A veces pienso que el verdadero lujo no consiste en beber un gran vino, sino en que todavía existan personas que dediquen su vida a cuidar los lugares de los que nacen estos vinos. Cada racimo que hoy cambia de color en nuestras viñas es el resultado de muchas pequeñas decisiones tomadas durante todo el año, pero también de una decisión mucho más importante: la de no abandonar. En un momento en el que parece que todo invita a mirar hacia las ciudades, seguir creyendo en un pequeño pueblo como Alpartir puede parecer una locura. Sin embargo, quizá sea precisamente esa confianza la que necesitamos para reconstruir el equilibrio que hemos perdido.

Fukuoka escribió que la revolución podía empezar con una simple brizna de paja. Me gusta pensar que, aquí, en las laderas de Alpartir, esa misma revolución puede comenzar también con una vieja cepa de garnacha, con un agricultor que decide quedarse y con un paisaje que vuelve a tener quien lo cuide.

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