Mi mensaje en una botella
O cómo estar fuera puede ayudarte a valorar lo que tienes en casa
La mayoría de las semanas cojo fuerzas de la naturaleza, y del tiempo que paso entre las viñas. Pero algunas semanas saco fuerzas de estar con otras personas.
Catar. Conversar. Presentar. Aprender.
A finales de junio viví uno de esos momentos. Meses de preparación culminaron en la edición inaugural del Island Wines Summit en Tenerife.
Formé parte del equipo involucrado en la planificación del contenido, y me sentí enormemente orgulloso de las voces que logramos reunir para hablar sobre temas tan diversos como el vulcanismo, la mineralidad y la insularidad.
Especialmente inspiradora fue la cata de apertura dirigida por Josep Roca. Como dije en mi discurso de introducción, es raro encontrar personas que sean amables y generosas, además de inteligentes, pero Josep encarna estas tres cualidades como nadie más.
Su presentación mostró el viaje de las viñas por todo el mundo e hizo un llamamiento a pasar de una visión patriarcal del mundo a una matriarcal, respetando a la Madre Tierra ante el cambio climático. Asimismo, nos invitó a mantenernos firmes en la defensa de la importancia cultural del vino frente a quienes afirman que el consumo de alcohol siempre es malo.
Un listón difícil de superar, pero no se puede negar que estableció una base sólida para mi presentación del lunes titulada «Insularidad Como Identidad Cultural Agrícola».
Llevé a propósito una camiseta en la que figura una lata de sopa Campbell’s. Al igual que los vinos que llenan las estanterías de los supermercados de todo el mundo, es un producto homogéneo.
Pero los vinos que quiero hacer, los vinos que me inspiran, se parecen más a los tomates que cultiva la gente mayor en mi pueblo de Alpartir, en Aragón.
Únicos. Imperfectos. Profundamente deliciosos.
El tipo de tomate que te hace parar en seco. Totalmente diferente a las esferas rojas, perfectas y redondas que encuentras en el supermercado.

Las islas son únicas por naturaleza. En Tenerife se encuentran variedades de uva que no existen en ningún otro lugar del planeta. Tipos de papas que llegaron a Canarias antes que a la península en su viaje desde América. Y el ingenio humano que unió ambas cosas, guiando las viñas en el sistema de cordón trenzado para poder plantar papas debajo.
“Las islas han sido durante siglos lugares aislados. Quizá precisamente por eso han conservado algunas de las expresiones agrícolas más auténticas del mundo. El reto es reconocer su valor.”
Miramos el vino desde la perspectiva de la copa, pero tenemos que recordar que su origen está en un producto agrícola, las uvas, y que las personas que las cultivan necesitan ganarse la vida.
Antes, el vino se quedaba en el ámbito familiar; cada familia cultivaba sus tierras y elaboraba su propio vino. Pero la industria lo cambió todo. La gente ya no tenía tiempo para cuidar sus viñedos.


Nos vendieron productos como herbicidas para hacernos las cosas «más fáciles», tractores and drones para fumigar… Pero somos lo que comemos, y estos productos dañan tanto nuestra salud como la del planeta. Es como usar heroína para curar un catarro.

Y nos han hecho perder el contacto con el campo. Las viñas viejas con las que trabajo a menudo han pertenecido a la misma familia durante generaciones. No están abandonadas por falta de cariño; están abandonadas porque el duro trabajo de cuidarlas no sale a cuenta. De hecho, los viticultores de parcelas viejas de bajo rendimiento suelen acabar perdiendo dinero año tras año.

Puede que Aragón no sea una isla, pero las cordilleras del norte de España hacen que los viñedos separados por apenas unos kilómetros sean muy diferentes entre sí. En nuestros viñedos de montaña trabajamos con pizarras y cuarcitas precámbricas, calizas triásicas, areniscas, margas. Las variedades de uva con las que trabajamos son igual de diversas: garnacha tinta, garnacha peluda, macabeo, cariñena, garnacha blanca, robal, mazuela, provechón, cribatinaja… y muchas más que aún no hemos podido identificar.
Sería mucho más fácil trabajar con una sola variedad. Replantar los valles con clones jóvenes de mayor rendimiento. Regar. Usar herbicidas y pesticidas. Vender vinos baratos y homogéneos, como la sopa Campbell’s.
Pero no le veo ningún valor a eso. El camino fácil nunca es el más gratificante. Y si seguimos ese camino, sistemas vitícolas únicos como el cordón trenzado de Tenerife o los muros de piedra de las Azores se perderán para siempre.

Cuando las personas que saben podar a mano los viñedos de montaña o guiar las viñas para resistir los vientos alisios mueran sin transmitir sus conocimientos a la siguiente generación, estos paisajes singulares se perderán para siempre.
Para salvarlos, debemos aprender a revalorizar lo local, lo artesanal, lo único en un mundo globalizado. Y ya está empezando a ocurrir. Ahora se pueden encontrar vinos de Tenerife a 29 £ la copa en el Noble Rot de Londres. Vinos de las islas con puntuaciones de 100 puntos.
Pero queda mucho por hacer: para valorar la cultura rural, reconectar el campo y la ciudad, y desarrollar el turismo rural.
“Y creo que no hay enoturismo más brutal que una botella. Contiene la interpretación de una persona sobre un pedazo de tierra, el clima de una añada en concreto y los efectos del paso del tiempo.”
Ese es mi mensaje en una botella.

