Un momento...
Un momento...

Vivir en Alpartir lo cambia todo.

No es solo dónde trabajo, es cómo vivo. Cocinar lento, usar productos locales, conocer a la gente y sus historias, integrarte en una comunidad pequeña donde todo tiene memoria. Enamorarte de un lugar sin darte cuenta. Aquí el tiempo no corre, se detiene. Y eso, para una persona tan activa como yo, ha sido una de las grandes lecciones de mi vida.

Mi día a día es un equilibrio constante entre dos velocidades. Por un lado, viajar sin parar para dar a conocer el vino español, el aragonés y el vino de mi pueblo en lugares tan lejanos y dispares como Japón, Estados Unidos o Reino Unido. Aeropuertos, catas, ferias, prisas. Por otro, volver a casa y podar, pensar, vendimiar, interpretar, caminar entre viñas, cocinar con calma, abrir una botella bien elegida y recibir a amigos curiosos que quieren entender qué es eso que tiene Alpartir que a mí me vuelve loco.

Ese contraste entre la velocidad y el tiempo lento no siempre es fácil, pero creo que ahí está el equilibrio. Tener tiempo para cuidarse, para disfrutar, para mirar. Porque hay que saber mirar.

Alpartir no es un lugar pomposo ni único en el sentido obvio. No tiene grandes gestos ni busca llamar la atención. Tiene montes, suelos pobres, muros de piedra seca, una vegetación austera. Y sobre todo tiene un alma de sencillez y verdad que te atrapa sin hacer ruido. Aquí nada sobra. Aquí todo tiene sentido.

Nosotros no somos dueños de la tierra. Solo la cuidamos durante un tiempo. Y para mí es un privilegio poder ayudar a revitalizar la viticultura en un pueblo que siempre fue de vino. Aquí, cuando hablas con los abuelos, todavía se les humedecen los ojos al recordar viñedos, cuevas, bodegas, uvas. No hablan de marcas ni de puntuaciones. Hablan de esfuerzo, de vendimias duras, de años buenos y de años imposibles. Hablan de vida.

Recoger ese conocimiento, escucharlo con respeto, y aportarle lo que he aprendido en diferentes partes del mundo para encontrar mi propio camino es algo que me hace profundamente feliz. Estamos muy lejos de llegar a donde queremos estar, pero tengo claro que este es el camino más bonito del mundo.

La idea de El Jardín de las Iguales nació precisamente de ahí. De recuperar el orgullo de un valle que, en otros lugares como Borgoña, habría sido reconocido hace siglos como un Grand Cru —una manera de clasificar los mejores viñedos— por los monjes del convento de San Gervasio y San Protasio, aquí mismo, en Alpartir. Sin embargo, nuestra forma de entender la tierra siempre fue de segunda división, como si lo nuestro no pudiera ser grande.

Hoy me siento orgulloso de estar rodeado de amigos productores que, en sus pueblos, rescatan viñedos viejos o replantan las viñas donde siempre estuvieron. Porque la viña se siente cómoda donde otras plantas no quieren vivir. Aragón cada día es más diverso, más interesante… y cada día me doy cuenta de que sé menos.

A los pioneros de este nuevo movimiento, según mi propio juicio —Navascués, Robertson, Castro— se suman nombres como Jorge Temprado, Juanvi Alcañiz o Jorge Olivera, entre otros. Grandes bodegas y un sistema cooperativista que mantuvo viva la viticultura en nuestros montes deben ir de la mano de pequeños proyectos capaces de poner un trocito de tierra en el mapa del vino. Aquí hay muchísimo por hacer, pero lo importante es que ya se está haciendo.

Soy optimista, incluso en tiempos difíciles. Creo de verdad que Aragón es la gran cuna del Macabeo y la Garnacha. Estoy convencido de que, a lo largo de mi vida, veré grandes éxitos nacidos de esta tierra y de sus viñedos. Y también tengo claro algo más: dentro de veinte años no habrá viñas viejas para todos. Bueno… para casi nadie.

Por eso tiene sentido cuidar, escuchar, ir despacio.
Por eso tiene sentido vivir aquí.

Frontonio es mi forma de vivir, y también es creer que lo que parece imposible, es posible.

Y mientras los vinos sigan hablando con honestidad del lugar del que vienen, yo seguiré pensando que estamos exactamente donde tenemos que estar.


Fernando Mora MW
Bodegas Frontonio

Quienes sienten curiosidad por este lugar y por los vinos que nacen aquí a veces buscan una forma de acercarse un poco más; por eso existe el Club Frontonio, pensado para compartir el camino sin prisas.

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