Resulta difícil poner en palabras el nudo en el estómago que sientes cuando ves arder el lugar donde vives y trabajas; esas montañas que conoces palmo a palmo y que tanto amas.
Pánico. Miedo. Alivio. Rabia.
He pasado por cada una de estas emociones, y por muchas más, desde que el pasado 14 de agosto un incendio devoró más de 200 hectáreas en nuestra querida Sierra de Algairén.
Habíamos comenzado a vendimiar las parcelas más maduras el 12 de agosto, más temprano que nunca, empujados por un calor sofocante. Por eso, el día 14, poco después de las tres de la tarde, nos encontrábamos entre las cepas cuando el olor a quemado y una densa columna de humo en el horizonte nos encendieron las alarmas. Apenas media hora más tarde, a las 15:49 h, se declaraba oficialmente el incendio.
El fuego avanzaba sin piedad desde Almonacid de la Sierra hacia Alpartir. Se ordenó la evacuación inmediata del pueblo y muchos vecinos tuvieron que ser trasladados al polideportivo de La Almunia de Doña Godina. Sin embargo, quienes pudimos nos quedamos para intentar contener las llamas y proteger la sierra, los cultivos y el pueblo.
En ese momento nadie pensaba en su viña, en su finca o en lo que podía perder individualmente. Solo pensábamos en la sierra y en nuestro pueblo. Cogimos azadas, palas, agua, lo que teníamos, y nos pusimos a trabajar.
Las llamas se quedaron a apenas 200 metros de El Jardín de las Iguales. Sentimos un alivio enorme al ver que se salvaba, pero eso no es lo verdaderamente importante. Hemos perdido parte de nuestra sierra. Más de 200 hectáreas de un paisaje que forma parte de nosotros, de nuestra historia y de la vida de este pueblo. Eso no vuelve porque el incendio se dé por extinguido.
Cambia todo un ecosistema. Los animales han perdido su espacio y ahora buscan alimento donde pueden. También ellos han perdido su hogar. Tras arrancar la vendimia el día 12 y vernos forzados a pausarla el 14 por el incendio, nos enfrentamos ahora al desafío añadido de proteger las uvas que aún maduran en las parcelas más altas frente a la llegada de jabalíes, corzos y otros animales del monte.
La otra gran incertidumbre era la posible contaminación por humo (smoke taint). Tomamos muestras de las uvas potencialmente expuestas y las enviamos inmediatamente a Laboratorios Excell Ibérica, dirigidos por Antonio Palacios. Afortunadamente, la semana pasada recibimos la confirmación de los análisis: se descarta por completo la presencia de smoke taint en los frutos analizados.
El humo se ha disipado y la vendimia continúa. Pero nada es igual. Cada mañana nos despertamos ante la visión del paisaje abrasado y volvemos a sentir el duelo por nuestra sierra.
El problema no puede ser solamente cuántos medios tenemos para apagar un incendio cuando empieza a arder. Tenemos que preguntarnos por qué cada vez tenemos un territorio más difícil de defender. Hemos abandonado la agricultura, la ganadería y nuestros pueblos y después nos sorprendemos cuando el monte arde. El abandono también arde.
En mitad de toda esta frustración, estoy tremendamente orgulloso de mi pueblo. Cuando llegó el fuego no había propietarios, bodegueros, agricultores o vecinos. Éramos Alpartir. Todos trabajando juntos sin pensar más allá que en nuestra sierra y nuestro pueblo. Ese orgullo rural existe y hay que defenderlo. Pero esta capacidad de reacción no puede ser la última línea de defensa del territorio.
Necesitamos medios de extinción, por supuesto, pero sobre todo necesitamos que vuelva a tener sentido vivir y trabajar aquí. Necesitamos agricultores, ganaderos y gente cuidando el territorio todos los días del año, no solamente cuando arde.
En unas semanas nadie hablará de este incendio. Lo mínimo que podemos hacer nosotros es no olvidarlo.

